muchas de las casas está recubierto con plásticos en lugar de las hojas de palma típicas, con lo cual el humo de las fogatas se queda en el interior. En las casas que sí tienen tejados de palma éstos están tan poco trabajados que el agua de lluvia se cuela por los agujeros en el techo, algo que antes no ocurría. Muchos ya cocinan con tanques de gas, con lo que el humo de las fogatas ya no preserva los tejados de hojas de la lluvia y los parásitos. Pero la mayoría de las casas ya no son tradicionales, sino de madera y techo de cinc.
desproporcionada al azúcar y consumen sacos y sacos de éste, incluso ahora gran parte del espacio en sus huertas tradicionales ha sido ocupado por la caña de azúcar
(Saccharum sp.). Esta adicción los obliga a tener que conseguir dinero para comprar el azúcar, además de ocasionarles multitud de problemas de salud, como las caries y una elevada tasa de pérdida de piezas dentarias. Es muy probable que en un futuro no muy lejano los casos de diabetes en esta etnia sean escandalosamente abundantes, como ya pasó antes en algunos grupos indígenas norteamericanos.
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La Vivienda Huaorani La Chacra (huerto tradicional)
chacras (huertos tradicionales). El resto de comunidades se encuentra en estados intermedios entre estos dos extremos.

 

VIDA COTIDIANA
Prácticamente todos los Huaorani han desarrollado una adicción
Mujeres desparasitándose
La vida cotidiana de este pueblo ha cambiado mucho a partir del contacto con la cultura occidental. Existen asentamientos en los que la actividad petrolera ha entrado en toda su plenitud y las familias viven en casas prefabricadas alimentándose de la comida precocinada que reparte la compañía. Otros poblados no han permitido la llegada de petroleros ni madereros y la vida continúa siendo muy parecida a la tradicional, se caza para comer y las mujeres cultivan sus
Sin embargo, todo tiene sus matices: Las comunidades a las que ha entrado el petróleo han sido con diferencia las peor paradas, y sus miembros viven en un engañoso período de riqueza que nadie les explica que cambiará drásticamente a un estado de extrema pobreza en cuanto la extracción deje de ser rentable en la zona. Cuando este momento llegue ninguna petrolera les dará casa ni comida gratis y no tendrán animales que cazar ni frutos que recolectar en una selva contaminada y deforestada. Ningún turista querrá visitar el lugar. Y lo peor es que ni siquiera se están educando para afrontar este desastre.
Incluso en las comunidades más tradicionales la caza ya no se realiza con cerbatana, sino con escopeta. El tejado de
Coronas tradicionales Huaorani junto a bidones de gasolina
Actualmente los Huaorani tienen acceso a muchísimos productos occidentales, pero nadie les explica cómo tratar los nuevos residuos no biodegradables que ahora generan. Ellos están acostumbrados a tirarlo todo en la selva y esperar a que desaparezca al descomponerse, pero ahora los plásticos y la gasolina no desaparecen. Lo que sí aparecen son nuevas enfermedades provocadas por la insalubridad y la contaminación del suelo y del agua. Al haberse convertido en sedentarios y tener contacto con turistas, misioneros, colonos, petroleros, etc., las enfermedades se propagan a gran velocidad, y ahora dependen del exterior para conseguir medicinas y atención médica, que supuestamente deben ser provistas por petroleras y misioneros, pero que en la práctica muchas veces no llegan.

A las comunidades más tradicionales no han llegado demasiadas empresas petroleras ni madereras (aunque sus miembros sí que hacen negocios esporádicos con ambas). En lugar de eso, ha llegado el Ecoturismo. Como todo, el ecoturismo bien entendido y bien ejecutado es un apoyo para la comunidad, está en equilibrio con ésta y los perjuicios que causa son compensados por los beneficios. Actualmente el ecoturismo bien entendido es la mejor opción con la que cuentan los Huaorani. Les permite desarrollarse sin sobreexplotar su entorno. Pero también tiene sus desventajas. Los Huaorani se acostumbran al dinero fácil, quieren las cosas que les ven a os turistas como navajas, relojes, gorras, gafas de sol, etc., piden hasta $10 por foto, pierden su vestimenta tradicional por camisetas y pantalones rotos y sólo emulan su vida tradicional si los turistas pagan.

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